jueves, marzo 26, 2009

La Muralla (pt. 4)


Los primeros rayos del sol asomaron tímidos, hacían ver a la montaña aun más grande. Las alturas de la muralla cubiertas por nubes, como ayer, como probablemente hayan estado siempre. Tal vez no solo la muralla permanezca así, tal vez todo siempre haya sido de esa manera, un panorama agreste, un tramo más en el gran puente de la vida ordinaria que lleva al “premio”, una amenaza constante de avanzar o caer.

El hombre que cayó se había marchado, por las huellas concluí que había abandonado la carrera y regresaba a su vida “normal”. Un sobreviviente, o quizás como sugirió el anciano, un hombre muerto, sin sueños. Aun ahora me pregunto si aquel hombre tomo una respuesta acertada, al fin de cuentas estaba siguiendo un camino… de regreso.

Y las pisadas empezaban a sentirse mas fuertes, el sol ya daba media cara al cielo, hombres, mujeres, soñadores, locos y desesperados reanudaron el camino. Por doquier se sentía el mismo olor a esperanza roída, yo también debía comenzar.

- Veo que has despertado, el que estaba aquí se fue hace poco.
- Sí, me di cuenta… ¿intentó subir antes de irse?
- Ni siquiera miró para allá.
- Entonces tengo la pista libre.

Decidido, me puse de pie, tuve el desafío frente a mí. Ahí, él, con su colosal tamaño, su áspera superficie, su dureza agresiva. Respiro. Con paso firme la distancia se acortó. Llegué. Apoyándome en las salientes comencé a trepar. La arena y el polvo volvían los ladrillos resbalosos al inicio, mas arriba esta suciedad disminuía hasta desaparecer. Iba bien…pero apareció el cansancio. Un ardor el interior de los brazos y piernas fue acentuándose. Tuve que desistir y comenzar a bajar antes de caer fatigado.

- Buen intento.

El coraje hizo su aparición. Cogí una piedra del suelo y la arroje contra el muro, repetí la operación varia veces más para apaciguar la rabia.

- ¡Basura! ¡Maldita seas!
- Solo hiciste un intento.
- Lo sé, lo siento. Me dio rabia, ya pasará.
- No todo es malo, regresaste en una sola pieza.
- Es inmensa la altura…
- Los obstáculos consisten en eso, hacer el camino difícil, no imposible.

Era cierto. Tenia la idea segura de que se podía pasar. Y encontraría la forma de hacerlo.
- Al llegar a oídos necios las cosas mas simples se tornan complicadas.
- ¿Qué hicieron los pudieron pasar para hacerlo?
- Eso debes descubrirlo.

Analicé el muro por todos los ángulos. Note algo que no había visto antes. Una ligera pero profunda grieta se dibujaba oculta por la sombra. Le di un golpe y sentí un débil eco.

- Repito la pregunta, ¿sabes a dónde va esa gente?
- Buscan su destino… su final del camino.
- Entonces lo que necesitan para encontrarlo es…
- Buscar, buscar, buscar – Repetía mientas arrojaba una piedra contra la minúscula abertura.
- Confía en que puedes hacerlo y lo harás.
- Confío en que cruzare – decía vagamente…
- Recuerda no apresurarte, piensa las cosas, abre los ojos. La unión hace la fuerza.

“la unión hace la fuerza”. Otra piedra contra el muro, otro débil eco del interior y la gente esquivándolo, lejos y solitaria. “La unión hace la fuerza”. ¡Eso era! Todo el recorrido vi gente caminar sola, a lo muco en pequeños grupos apartados. El par de hombres que llego el día anterior se separo, cada uno por su camino. Por eso no pasaron. El anciano había revelado la clave.

- Para pasar el muro, la clave es la unión, ¿verdad?
- Puede ser.
- Nada de puede ser. Todos los que deben haber intentado pasar no han de haber estado unidos, por eso la derrota – mi corazón comenzó a latir con rapidez.
- ¿Entonces?
- Solo hace falta…

Estaba entusiasmado, mire alrededor, a lo lejos descansaba el cadáver de un árbol. ¡Un ariete! Solo necesitaba gente, necesitaba conseguir la unión.

- Apuesto que pasare antes que caiga la noche.
- ¿De verdad apostarías?
- ¿Por qué no? Tengo un buen plan
- Entonces hazlo.
- ¿Apostarías?
- ¿Qué ofreces?
- Tengo…esto – saque la piedrecilla transparente.
- Bueno, tengo una brújula en mi bolsa.
- Perfecto, la necesitare en las montañas.

Un apretón de manos y quedo establecida la apuesta. Ahí venia un hombre. Como lo esperaba, se detuvo y contemplo la magnificencia de los ladrillos.

- Hola.
- Ah, hola.
- Es difícil cruzar esto; pero sé que se puede.
- Claro que si – se acercó para examinar – se puede trepar.
- Inténtalo.

Y el hombre comenzó a ascender… incluso por sobre donde yo había llegado. A los minutos bajó cansado.

- Carajo.
- También lo intenté.
- No pareces un tipo fuerte – me miró con un gesto despectivo – solo necesito calentar y verás que subiré.
- Bueno…

Inició el asenso. Mientras subía se acercaron tres jóvenes, apenas superando la pubertad, se detuvieron a observar.

- ¿Qué diablos hace? – dijo uno.
- No intentara subir para pasar, ¿o sí? – dijo el otro.
- Eso mismo hace – respondí.
- ¿Es inmenso, se puede pasar?
- Se puede, pero pienso hacerlo en otra forma.
- ¿Cómo? – dijo el tercero.
- Mira – señalé la sombra donde se hallaba la grieta – es un punto débil, se puede atacar.
- ¿Atacar?
- Sí, con eso, será para golpear.
- Bromeas, ¿cierto? Ese tronco debe pesar bastante.
- No lo haré solo.
- ¿Entonces?
- Si desean únanse, lo conseguiremos.

Quedaron indecisos, al poco tiempo bajó el hombre aun mas cansado. Tuve que hablar por un tiempo y logre convencerlos.

- Harán falta más – observó el hombre moreno que subió antes.
- Sí, ustedes dos quédense para conseguir mas gente, nosotros traeremos el tronco.

Fuimos hacia donde se hallaba el gran madero. Intentamos moverlo pero fue en vano. Era bastante pesado, con el tiempo que debió hacer estado ahí… parecía petrificado. Y era perfecto para derribar cualquier muro.

- ¡Diablos! No creí que fuera tan pesado.
- Esperemos hasta ser más y lo llevaremos.

Pasaron algunas horas y aumentamos. Siendo más de veinte, llevamos el tronco hasta el muro,
el sol era fuerte. Medio día.

- Luego de este descanso podremos conseguirlo.
- Luces convencido, muchacho.
- Si, pudimos con ese tronco que pesa como roca, es tan duro que hará polvo a los padrillos.
- No estaría tan seguro.
- Buen intento, pero no me desanimare, la brújula irá conmigo. – reímos.

Al disminuir el potente brillo solar ocultándose tras nubes, comenzamos con la labor. Formados en dos hileras, cargamos el pesado tronco.

- Bien, a al cuenta de tres – miré a desafiante a la grieta – uno…dos… ¡tres! ¡Ahora!

Nuestros pies rápidos movilizaron el arma, el viento corrió contra las caras, golpe. Un potente choque se produjo, el resultado no fue el esperado. Tal impacto se prolongó por el cuerpo pétreo y luego por nuestros brazos, hasta sacudir todos los huesos.

- ¡Solo fue el primer intento, hay que repetir!
- Esta bien, no esperábamos que caiga a la primera.
- Tiene razón, tomemos vuelo.
- Esta vez si dará resultado.

Animándonos unos a otros repetimos el procedimiento y el resultado fue el mismo. Luego de descomunal sonido el tronco rebotaba, impulsado por una fuerza contraria al choque.

- ¡Joder! Es un muro muy grueso.
- No caerá con dos ni tres golpes.
- ¡Continuemos!
- ¡A darle!

Y los golpes repetíanse. Nuevo golpe, nuevo rebote, nuevo temblor en los brazos.

- Esto es muy cansado.
- A este paso perderemos primero los brazos.
- Tengo una idea – dijo una joven de cabellos rizados y claros – necesitamos cuerdas.
- ¿Para qué? – pregunto un hombre de barbas.
- Las ataremos al ariete, para impulsarlo tiraremos de las cuerdas, así el impacto no nos hará daño. El ariete regresa, impulsamos de nuevo las cuerdas y nuevo golpe. No nos cansaremos tan rápido.

A todos nos pareció una excelente idea. El problema era encontrar las cuerdas.

- Improvisaremos, podemos usar las correas uniéndolas.
- También tenemos la ropa.
- Por ahí hay algo de cortezas, tal vez tengan fibras.
- ¡Reúnan cuanto puedan!

Así comenzó una curiosa empresa formadora de cuerdas. El anciano que observaba todo desde su asiento nos arrojo unas sogas que tenia entre su montón de cosas.

- Quizás esto les sirva.
- Gracias, colaboras con tu derrota – reí.

En no más de media hora el tronco se hallo atado a sus ondeantes brazos. Tiras de cuerdas, cinturones, ropa anudada y demás conformaban nuestro mejorado artefacto de demolición.

- Debo admitir que esto al inicio no nos entusiasmó – dijo uno por ahí.

Mientras asegurábamos las ‘cuerdas’ una veintena de personas se nos unieron, ahora éramos casi medio centenar armados contra la barrera

- Hagámoslo, – respiré hondo – bien, correremos hasta llegar y dejaremos que el ariete choque, cuando regrese correremos en reversa y luego daremos otro ataque. – las voces afirmativas inundaron el aire caliente que respirábamos. – perfecto. A mi cuenta… uno… dos…tres. ¡Ahora!

Como una manada salvaje corrimos y golpeamos el muro
una y otra vez. “¡Otra vez!” Nubes de polvo se elevaban y nos envolvían. “¡Otra vez!” Potentes ecos retumbaban contra nuestro cabello “¡Una vez más!” ya ni veíamos entre tanto movimiento de cuerpos y tierra. “¡Ahora!” de a pocos fueron cayendo algunos que no mantenían el discordante ritmo del ataque. “¡Con fuerza!” Y los brazos tensos del ariete se disolvieron…“¡Ahora, ahora, ahora!”

El ruido se detuvo. Las nubes polvorientas se disolvieron, escombros, roca hecha pedacitos, estaban esparcidos por la tierra. Con la mayor felicidad del mundo nos acercamos para ver la entrada abierta.

Un dolor frío dio vueltas mi estómago. Ante las huellas descasaban los fragmentos de ladrillo. La muralla atrás, herida en su primera capa. Ultrajamos si revestidura de ladrillos, detrás una masa plana nos encaraba…intacta.

- Granito… ¡granito!
- ¿Qué?
- ¿Cómo puede ser?
- ¡Maldición!

Las maldiciones y protestas se alzaron. Rabia, rabia se apodero de mí. Maldijeron y se marcharon tras escupir que solo desperdiciaron su tiempo. Pasado el desastre apenas siete cuerpos miraban la cara de su derrota.

- No ganas nada enfrascando esa cólera, muchacho.
- ¿Qué demonios quieres que haga?
- Espíritus jóvenes, siempre tan enérgicos y rebeldes.
- No necesito un sermón. – escupí una saliva espesa.

Derrota. El sabor amargo de la derrota un año atrás la probé en grande. Esto era como poner el dedo en la herida abierta para alimentar el dolor. Se esa tarde hubiese tomado otra ruta, si hubiese pasado de frente, si hubiese salido cinco minutos antes… no quise recordarlo.

- Cálmate, estar furioso no re lleva a la victoria.
- Discúlpame, fui grosero. Pensé que… lo iba a lograr, era un buen plan…era un buen plan…era.
- Tu mismo lo has dicho, era un buen plan. Pero era solo eso: un plan. No te tomes la derrota tan a pecho. Hay varias formas de pelar una naranja.
- No se me ocurre nada. – miraba el ariete en el suelo. El también había sido derrotado.
- Si deseas que me quede con la brújula y tu piedrecilla…
- ¡Esta bien! El sol aun no ha caído, ya se me ocurrirá algo.

3 comentarios:

' Joseαne Costα* dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
AnGeLa dijo...

simplemente me encanta la historia..pero el protagonista no tiene nombre...al estilo de Jose Saramago, definitivamente tiene algo que lo hace especial y genial!

Silvina dijo...

tu comentario me encantó (:
muchas gracias!